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21 oct. 2009

Tras la realidad de la ficción


He dudado mucho a la hora de escribir este artículo, especialmente porque voy a desvelaros los personajes que yo tenía en la cabeza cuando escribí El Alfabeto Sagrado; pero también porque no deseo influenciaros si aún no habéis comenzado a leer el libro.

Cuando habéis ido al cine a ver una película basada en una novela, ¿no os ha sucedido que los actores que el director había elegido no se parecían en nada a cómo os los habíais imaginado vosotros? A mí me sucede a menudo, y siempre me defrauda porque, al fin y al cabo, la historia de un libro la vives y te la imaginas a tu antojo. El autor sólo te da unas pautas: de un personaje te dice que es rubio, de otro que parece alto,… pero el resto lo rellenas con tu imaginación. Sin embargo, en una película todo está hecho, queda muy poco margen para la fantasía.
Desconozco cómo crearán otros autores a sus personajes, pero yo necesito tenerlos delante, verlos. Y por ese motivo siempre tengo a mano sus fotografías, o por lo menos las imágenes de personas que se les parecen físicamente. Poseo un book completo de todos y cada uno de los que aparecen en El Alfabeto Sagrado y me gustaría mostrároslo.

Comencemos por el protagonista, Victor Lavine. Ya sabréis que es un hombre atractivo, con espíritu aventurero. Recordaréis su pelo algo ondulado y sus ojos castaños, del color de la miel. ¿Reconocéis al actor que aparece en la imagen? Sí, es Orlando Bloom. Le vi trabajar en la primera parte de los Piratas del Caribe y me gustó su dualidad, la de un hombre sencillo y corriente que acaba ayudando a Johnny Deep en sus peligrosas andanzas. Supongo que ahora entenderéis porqué Andrea termina enamorándose de él.

Para el personaje principal femenino también he elegido a una actriz. Buscaba a una mujer de piel lechosa y pelo pelirrojo con aspecto delicado, pero quería una mirada fuerte, segura; y la encontré en la joven danesa Connie Nielsen. Probablemente la recordaréis de películas como Gladiator o The Hunted. Eso sí, cambia tanto de aspecto que parece un camaleón. La fotografía que os adjunto es en la que guarda un mayor parecido con Andrea Jacobs.

Said Alami es el inseparable amigo y compañero de aventuras del protagonista. Un hombre de familia, respetable comerciante, al que sólo el celo de su esposa Fátima le separa de estar continuamente desvelando misterios con los que entretener a sus vecinos. Para Said no he elegido a ningún actor. Un día, navegando por la web encontré la fotografía de un comerciante palestino asomado a la entrada de su tienda y me pareció perfecto.

De Jerôme Cavaliere, el jefe de Victor Lavine, me cautivó su inteligencia y su gran autocontrol. Un hombre hecho a sí mismo, metódico. Me lo imaginé con una figura casi aristocrática y los ojos del color de las nueces, algo tristes, pero tiernos. Pensé que el actor Morgan Freeman caía a la perfección en el guante de mi personaje.

Quizá, de todos los perfiles que se mueven por el libro, el más enternecedor sea el doctor Isaac ben Shimon. Un hombre mayor, delgado, de fino bigotillo blanco que aún cuida de los geranios que quedaron en casa al morir su mujer. Es un hombre de carácter inquieto, generoso, incansable y con una mala salud de hierro que asombraría a cualquiera. Se pasea por El Alfabeto Sagrado portando siempre una amplia sonrisa. ¿Creéis que la imagen que os muestro es fiel a la descripción de la novela?

Su amigo y compañero en la Universidad es el doctor Elijah Cohen, un hombretón de manos grandes, tan viejo y afable como él. A ambos los encontré una tarde de invierno junto a una taza de café y un viejo libro de fotografías. Había hojeado ya casi la totalidad de sus páginas pero, en cuanto los vi, supe quiénes serían para mí a partir de aquel momento.

Con quienes no tuve ninguna duda fue con los tres sacerdotes mandeos.

En los inicios de mi documentación, la mayor parte del tiempo la dedicaba a investigar sobre este grupo religioso. Y ya desde el principio me fui encontrando con imágenes de ellos. Sin embargo, las fui dejando pasar, sabía que los personajes todavía no habían llegado hasta mí. Un día, viendo las imágenes de Abbas Tahvildar, un fotógrafo iraní, descubrí a mis sacerdotes.

El anciano del bastón que camina arrastrando las sandalias es el ganzebra Zakaria Asgari, cada vez que escribía sobre él tenía en mente esta imagen, la de un hombre cuyos hombros llevan un peso infinito sobre ellos y que a duras penas puede soportar; Basaam es el que está en cuclillas con el ceño fruncido y la barba todavía negra; y el que tiene cara de poseído y mira al cielo en un acceso de fe, es el más joven e inexperto de los tres, se trata de Naseer.

Todavía tengo que hablaros de los malos. Para representar al professor Samuel Sinclair, con su apostura y arrogancia me pareció perfecto el actor Donald Sutherland. Lo cierto, es que tengo que reconocer que tardé bastante en encontrar un físico que se ajustara a lo que yo tenía en mente. Después de dar algunas vueltas por páginas webs llenas de fotografías descubrí la que ahora os muestro de este actor americano. Era la que estaba buscando, a un tiempo serio, seguro de sí mismo, pero con esa mirada que parece esconder sus temores por ser descubierto.

A Martin Crown, el director de los Cristianos de San Juan, le encontré enseguida. ¿Recordáis su mirada gris, sus labios grises, su rostro gris...? Andrea pensaba de él que era “el hombre más gris que había conocido en toda su vida”. Esta imagen del actor David Cronenberg es la más gris que encontré de él y doy fe de que es el personaje más gris que he creado nunca.

Los sicarios que Martin tenía a sueldo eran, en realidad, dos músicos de renombre dentro del mundo musulmán. Aunque con estilos musicales diferentes, ambos ocupan puestos de primera categoría en las listas árabes. Abdul Khaled, el de la cicatriz en la ceja y ojos verdes que vestía chilabas impecables dignas de las mejores agujas de su país, es K-Maro. Cuando yo le encontré estaba promocionando su último disco: El chico del millón de dólares. Su primo en la ficción, Jamal Adi, es en realidad Khaled (cuyo nombre tomé como apellido para Abdul). También es músico. ¿Recordáis la camisa de rayas naranjas y amarillas que lleva durante tres días en la novela? Fijaos en la fotografía, de ahí obtuve la idea.

Ya sólo me queda hablaros de Ahmed Sadoun, el mercenario que roba el cuenco mandeo en el Museo Arqueológico de Bagdad, se trata de otro músico árabe con gran resonancia en Francia, Simon Shaleen.

Espero haber descrito lo suficientemente bien a los personajes de la novela; al menos, tan bien como para que vuestra imaginación y la mía se hayan encontrado muy cerca y hoy, al leer este artículo, no os haya desengañado un poco, como era mi temor al principio.

Gemma

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