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27 sept. 2009

Cómo y porqué escribí El Alfabeto Sagrado


Suelo tener la mala costumbre de hacer varias cosas al mismo tiempo, con lo que creo que puedo aplicarme el dicho español que dice: “el que mucho abarca poco aprieta”. Sin embargo, mi mente trabaja perfectamente de esa manera y yo ya estoy acostumbrada.

Siendo fiel a esta forma tan peculiar de hacer las cosas, he de confesaros que aún no había finalizado mi anterior novela cuando ya estaba pensando en la siguiente.

A finales del año 2004 ya había trazado el hilo argumental de la historia y comenzaba a conocer a los personajes que se moverían por ella. Sin embargo, sentía que faltaba algo, no conseguía encontrar el hilo conductor que conectase todo lo que quería contar en El Alfabeto Sagrado.

Y la idea llegó durante una comida de trabajo. Como siempre, cuando menos te lo esperas. A lo largo de la conversación comencé a pensar en los mandeos: ellos aportarían la conexión con el presente porque, aunque este grupo religioso hunde sus raíces en la mitología egipcia, han llegado hasta nuestros días conservando sus propios rituales y tradiciones. Al mismo tiempo, me daban la oportunidad de mostrar cómo la intransigencia religiosa de nuestros días intenta hacerlos desaparecer.

Con ellos conseguí redondear mi trabajo y pude comenzar a escribir. Aunque deciros que fue fácil sería mentiros. Desde luego, si resultó gratificante.

Siempre que preparo una novela, decido de antemano todo o casi todo lo que va a suceder y escribo un extenso guión que me sirve de guía fiel para no perderme dentro de la historia; y es que a veces sucede que los escritores nos vemos arrastrados por la propia trama, que cobra vida independiente de nuestro afán creador.
En ocasiones, mientras escribía El Alfabeto Sagrado y estaba enfrascada en narrar, me sorprendía a mí misma preguntándome “¿qué pasará?, ¿cómo saldrá el protagonista de esta encerrona en la que le he metido?” Y él salía sin mi ayuda y me quedaba aún más sobrecogida sin saber cómo lo había conseguido.

Cuando estoy inmersa en la redacción de una novela me sucede que vivo dos vidas, la mía propia y la otra, la que estoy inventando. Y aunque parezca fácil separarlas, en mi mente no lo es. Escribiendo me olvido de mí y me centro en mis creaciones y estoy tan inmersa en la narración que formo parte de ella hasta el punto de que me absorbe y ya no vivo mi vida, si no la de los personajes que pueblan la obra. Es difícil describirlo, y aunque muy diferente a cualquier otra vivencia, resulta curioso sentir que tienes el poder de cambiar la historia y al mismo tiempo la historia te está cambiando a ti. Es entonces cuando me pregunto, "¿quién crea? Yo, o la historia". Porque puedo aseguraros que en un punto de la narración, la novela cobra vida y dirige sus propios designios y tú sólo puedes escribir lo que ella te dicta.
Esta ambivalencia en el poder me sorprende y me maravilla y, aunque disfruto documentándome y combinando ideas para crear una historia, lo que realmente me deja sin palabras es el proceso creador de contar una historia.

Por cierto, deciros que originalmente el título elegido para el libro fue Abagada, el Alfabeto Gnóstico. Reconozco que me gustaba la palabra "Abagada", me resultaba sonora y fácil de recordar y, para todos los que ya os hayáis leído la novela os será, además, muy familiar; pero, si aún no lo habéis hecho, estareis de acuerdo conmigo en que es sencilla e intrigante al mismo tiempo.

Con todo ello, y sin importar el título, espero que os guste El Alfabeto Sagrado y que disfrutéis con su lectura tanto como yo lo hice con su redacción.

Gemma Nieto

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