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18 sept. 2009

Realidad o ficción, para todos aquellos que ya habéis leído la novela


Aunque la palabra novela encierra en sí misma el significado de ficción, en todas y cada una de las historias que se cuentan hay huellas de verdad. El Alfabeto Sagrado también está basado o, más bien, asentado con firmeza, en un terreno muy seguro, el de los datos reales que lo sustentan.

Para el lector siempre es difícil separar «lo que es» de «lo que no es» y he decidido escribir este artículo para aquellos que quieran ir más allá y conocer los hechos reales.
Gran parte de la obra nos introduce en el mundo de los mandeos, una secta gnóstica que todavía pervive en Irak y al sur de Irán. Estos hombres y mujeres existen y cada vez les resulta más difícil poder desenvolverse con normalidad en los países en los que viven. Sufren persecuciones y reciben castigos que no merecen. Ellos sólo piden que les dejen integrarse y que respeten sus derechos. Todo lo que se ha contado en la novela sobre ellos, sobre sus liturgias religiosas y sus costumbres es cierto. El bautismo es uno de sus rituales principales y lo realizan en agua corriente, que fluye, es el agua viva; los sacerdotes leen pasajes sagrados y disponen la bandera ritual, el drabsa, delante de ellos; elaboran petha, el pan sagrado, aunque el sacerdote suele traerlo ya preparado de casa; encienden un fuego ritual al que añaden constantemente incienso y sacrifican algunas aves; van vestidos con el rasta, su ropa ritual y, en verdad, parecen salidos de un mundo olvidado hace dos mil años que nos recordaría a Juan el Bautista en el río Jordan.
También es verídica la existencia de cuencos mandeos de encantamientos y de pequeños amuletos de la suerte. Algunos de ellos pueden observarse en el Museo Británico de Londres, aunque cuentan con colecciones y exhibiciones en otras muchas partes del globo. El cuenco atrapademonios, del que habla, El Alfabeto Sagrado, con la figura femenina en el fondo sujetando un escorpión y una serpiente, lo ofrecía la galería Abraxas y ha sido vendido hace poco por unos seiscientos euros. Hoy está en manos de algún afortunado coleccionista.
Con respecto a varios eruditos y personajes que se mencionan en la novela, he de reconocer que son personas reales, de carne y hueso, que a fecha de hoy están vivas y realizan sus trabajos con profesionalidad, como el padre Linus, sacerdote que reside en el monasterio de Santa Catalina y a cuyo cargo está su biblioteca, aún hoy continúa digitalizando los textos que encierran las murallas de la abadía; Joe Zias, renombrado antropólogo físico que descubrió la verdadera inscripción en la tumba de Absalón, así como una segunda; Émile Puech, lingüista que le ayudó en su desciframiento; Shimon Gibson, arqueólogo de Tierra Santa descubridor de la Gruta del Bautista, con su piscina ritual al fondo y la figura del santo grabada en la pared aunque, eso sí, demasiado alta para que Victor, estando arrodillado, pudiera recoger el amuleto; el doctor Oren Gutfeld, que siguió los pasos de John Allegro y continuó excavando en el valle de Acor, tras la misteriosa visita del piloto de Continental Airlines, con su aire acondicionado construido con un aspirador de hojas de jardín y un tubo de aluminio; Sinclair contrató al mejor abogado de Jerusalén para defender a Martin en un supuesto juicio, habló con Barry Michael Zinn que en realidad es uno de los mejores que posee la ciudad; John Tait, del University College de Londres, y el metalúrgico Robert Feather, verdadero autor de la conexión egipcia con los esenios del Mar Muerto que descubrió que entre las catorce letras griegas del Rollo de Cobre se ocultaba el nombre de Akenatón, o los pesos y medidas egipcios usados por los que escribieron el manuscrito.
El Rollo de Cobre es un texto descubierto en el asentamiento esenio de Qumrán junto al resto de sus manuscritos y describe sesenta y cuatro localizaciones donde encontrar increíbles tesoros; actualmente se conserva en el Museo Arqueológico de Amán, en Jordania, y puede ser visitado por todo aquel que lo desee. Todas las características que se describen de él, como su extraordinaria pureza del noventa y nueve por ciento, la dificultad de su lenguaje o los errores en su texto son ciertas.

Muchos han sido los eruditos que han intentado descubrir los lugares que describe, sin éxito. Allegro fue el primero, después de él han venido muchos otros. Deseaban encontrar el Rollo de Plata, aquel que contenía con más detalle la ubicación de todos y cada uno de los tesoros, pero hasta la fecha no han obtenido ningún fruto.
La tumba T1000 existe y se localiza en el cementerio norte de Qumrán, es tal y como se refiere en la novela. Hasta la fecha ha sido el enterramiento más extraño descubierto en todo Israel. De hecho, hace poco se analizaron los huesos que contenía el ataúd de cinc y, mediante la prueba del carbono 14, se descubrió que eran restos pertenecientes a tres personas que habían vivido hacía cuatro, tres y dos mil años respectivamente. Tres cadáveres diferentes con un intervalo de mil años entre cada uno, ¿quién conservaría unos huesos durante mil años para enterrar a alguien junto a ellos?, ¿y quién esperaría otros mil años para poner un tercer cuerpo en el ataúd? Pero quizá la pregunta clave sea: ¿qué personajes podían ser tan importantes para que un grupo cargara con sus restos durante dos mil años con el fin de enterrarlos juntos? La respuesta puede constituir el tema central de una nueva novela.

Desde luego no fueron los mandeos los que enterraron a esos hombres; aunque su mitología les concede un origen muy antiguo, sólo indica que proceden de Egipto, y celebran el Banquete de los Egipcios para conmemorarlo. Ya lo apuntaba la señora Drower en sus numerosas obras dedicadas a ellos.
Ethel Stefana Drower fue una dama excepcional. Cuando su marido, Sir Edwin Drower, fue enviado a Irak como consejero judicial para el gobierno británico en 1922, ella le acompañó al país. Y allí comenzó a interesarse por una secta gnóstica que habitaba los pantanos al sur de Basora, los mandeos; aunque también estudió en profundidad a los yazidim, sobre los que escribió un interesante volumen, The Peacock Angel. Sin embargo, su mayor interés se centró en los mandeos, de los que nadie había oído hablar en Occidente, a excepción de un grupo de misioneros jesuitas en el siglo XVII. Se ganó su confianza y consiguió que le permitieran recopilar sus textos sagrados y traducirlos al inglés: el Ginza, el Qolasta, el Libro de las 1012 Preguntas, el Libro de Juan, así como documentar su forma de vida y sus costumbres.

Cuando Sir Edwin Drower retornó a Inglaterra para continuar su carrera diplomática en su propio país, ella regresó con él, pero volvía cada verano a Irak para proseguir sus estudios. En realidad había quedado fascinada por una cultura ancestral tan diferente a la suya.

Ethel Stefana dejó un legado cultural ingente en el que han basado sus investigaciones los eruditos posteriores y aún hoy, casi cuarenta años después de su muerte, todavía continúa estando de actualidad.

Sin embargo, ni Lady Drower ni los mandeos afirmaron nunca tener tratos con Akenatón. De hecho, tampoco tuvieron contacto con los esenios de Qumrán aunque, eso sí, recorrieron las tierras de Jerusalén al mismo tiempo que ellos.
Las «casualidades» existentes que se mencionan en la novela entre los esenios, los mandeos y Amarna son «casualidades» reales: la ubicación de la T1000 esenia está orientada al este, así como Qumrán y el Gran Templo de Atón en Egipto; hay similitudes evidentes entre algunas raíces ortográficas mandeas y otras egipcias; el dios Ptah y el Ptahil de los gnósticos; las analogías del calendario egipcio y el mandeo; o la creencia en un único dios por parte de los tres grupos.

Después de todo, los mandeos fueron expulsados de Tierra Santa a la muerte de su profeta Juan el Bautista. Los esenios tuvieron más suerte, contaron con un barrio propio en el monte Sión, que hacía dos mil años se encontraba dentro de las murallas de Jerusalén. Un equipo del doctor Shimon Gibson está llevando a cabo una campaña arqueológica en su distrito y han descubierto algunas monedas y piezas de la época; incluso sus propias piscinas rituales, que no hay que confundir con aquella otra de los monjes ortodoxos que Victor y Said asaltan en la novela, y que también existe.

Juan el Bautista es una figura fundamental en gran parte de la obra, los primeros capítulos giran en torno a él, como gira el pueblo de Ein Kerem totalmente dedicado a su memoria. La iglesia de la Visitación y la del Nacimiento del Bautista son tal y como se describen en la novela, así como la mezquita que contiene en sus bajos la Fuente de María. También es real la Capilla Sur donde el doctor Isaac (un personaje de ficción) descubre los baños mandeos, aunque no se puede visitar debido a su falta de seguridad y, además, no está totalmente desenterrada. Y por supuesto, los baños no son mandeos.

La Historia no nos ha legado ningún resto mandeo en forma de iglesia, cementerio o baño ritual, como tampoco han diseminado las letras de su mágico alfabeto por Tierra Santa grabándolas en edificios y monumentos. Su verdadero y principal tesoro es el Ginza, que les ha acompañado siempre.
Todos los lugares descritos en la novela existen tal y como se describen: los hoteles en Jerusalén, El Cairo o en Al Minya; los monumentos, las tumbas de Absalón o Zacarías y las ruinas de Qumrán y Amarna, aunque el Gran Templo de Atón aún no ha sido totalmente rescatado de las arenas del desierto y sería muy difícil para un profano localizar su sanctasantórum; el bello barrio de Yemin Moshe, con sus calles empedradas y su molino de viento; la comisaría de Jerusalén al lado de la Puerta de Herodes o los consulados italiano y británico al que, por otro lado, jamás se le hubiera ocurrido inmiscuirse en las decisiones policiales de Israel; o el mismo café Tmol con su maravilloso filete de salmón o su infusión especial también llamada Tmol; el cementerio Jerusalem View, donde fue enterrado Isaac, todavía dispone de espacios vacíos entre sus quinientos nichos; y a la estación cairota de Mahattat Ramses le falta su colosal estatua, retirada a principios del 2007 por orden de Zahi Hawass, secretario del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto.

Muy a mi pesar, no son reales ni la casa-museo de Said, ni su azotea, en donde tan largas y fructíferas conversaciones mantuvo con Victor mientras se maravillaban del sol cambiante en la buganvilla rosada.

También pertenece al reino de la fantasía la Asociación de los Cristianos de San Juan, con su edificio en la zona nueva de Jerusalén.
El poder de los sonidos, de la música o de las palabras se vislumbra ya con el Himno al Bautista, que Paulus Diaconus inventó y que Guido d’Arezzo utilizó para obtener las siete notas musicales, las que mueven el mundo, la música del universo.

Los sonidos y las palabras constituyen otro eje principal de la novela y entroncan con la magia mandea que, aunque es poderosa, da inicio a la ficción.

Los sacerdotes mandeos jamás realizarían ningún ritual como el que Zakaria Asgari y sus acólitos llevan a cabo en la Gruta del Bautista. Sin embargo, ellos mantienen que su alfabeto es mágico y sagrado, por eso hacen repetir de memoria a los tarmidas sus textos religiosos hasta que los entonan en un perfecto mandeo clásico. Cada una de sus veinticuatro letras posee una fuerza encerrada en sí misma. La primera y la última «a» representa la Perfección, el Comienzo y el Final de todas las cosas.

Quizá el mandeo clásico se trate de la lengua más antigua que aún puede escucharse como se hacía en tiempos de Jesús, con sus sonidos fuertes y oclusivos. Las leyendas mandeas sobre el origen del universo nos dicen que lo primero en crearse fue el abagada, sin él nada podía ser dicho.
Existe un paralelismo con el Evangelio de San Juan en el Nuevo Testamento cuando nos cuenta que la palabra creó el universo: «En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el verbo era Dios.» Dios creó el mundo con el poder de las palabras. Simplemente dijo «hágase la luz» y la luz se hizo.

El verbo, el lenguaje, con una capacidad para cambiar realidades y crear otras nuevas, con una energía contenida en su interior esperando a ser liberada. Las palabras, capaces de transformar el mundo, de emocionarnos o de transportarnos a lugares mágicos y misteriosos.

Ya Heráclito de Éfeso, un filósofo griego que vivió alrededor del año 500 antes de Cristo, dijo que «el principio de todo lo existente es el logos» y que «el lenguaje, el logos, es lo que transforma el caos, es lo que le da el sentido». Cuando hablamos transformamos ese caos, le damos sentido a la realidad y tenemos la posibilidad de transformar con nuestras palabras lo que nos rodea, a nosotros mismos e, incluso, a la verdad.

Existe una antigua expresión hebrea que dice «avara ha d’avara» que significa que mientras hablo estoy creando. Tras su cautiverio en Babilonia sobre el año 600 antes de Cristo, los persas copiaron la expresión como «abracadabra», que ha llegado hasta nuestros días. Abracadabra, que abre puertas, que te ofrece nuevas posibilidades.
Victor ya ha dicho abracadabra. Ahora asistiremos a una profunda transformación que pondrá en tela de juicio las premisas fundamentales sobre las que hemos basado nuestros últimos veinticinco siglos de andadura. Estamos asistiendo a la clausura de un período fundamental de la historia de la humanidad y al nacimiento de otro nuevo.

Quizá sea el cuarto y último ciclo de la tradición mandea; o quizá, Victor haya abierto una nueva caja de Pandora utilizando una sola palabra, abracadabra, y ahora el mundo nos ofrezca infinitas posibilidades para cambiarlo. ¿Hacia dónde lo guiaremos? Las palabras son nuestras, el poder está en nuestros labios. ¡Movamos las montañas!

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