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1 sept. 2009

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Museo de Bagdad, Irak. Viernes 11 de abril de 2003
Ahmed Sadoun no acostumbraba a ensuciarse las manos. Tenía los dedos largos y las uñas bien cuidadas a pesar de que Bagdad ardía y de que las bombas continuaban estallando por doquier. Hacía dos días que los americanos habían comenzado a atacar la capital y la ciudad en guerra se consumía por el fuego. El arrullo de sus antiguos mercados callejeros había dejado paso al estruendo de las detonaciones, pero el iraquí barría las calles con el bajo de su chilaba como si estuviera por encima de todo ese caos.

Oyó el silbido de una bomba al caer demasiado cerca y encogió su cabeza bajo los hombros de una forma instintiva. Era imposible saber quién había disparado, si los norteamericanos o las fuerzas iraquíes; en todo caso, a la ciudad le produciría el mismo daño. Ahmed miró un segundo a su espalda, en dirección a los edificios que acababa de dejar atrás, pero no pudo ver el destrozo que había ocasionado. Era de noche y Bagdad estaba a oscuras, a excepción de los intermitentes incendios que iluminaban sus edificios derruidos y lanzaban al aire su inevitable carga de humo. Vivía en una tierra sin ley ni orden que, además, se estaba quedando sin historia; y él era uno de los responsables.

Había esperado casi dos días desde que comenzó la guerra para acercarse al Museo Nacional de Arqueología confiando en que los saqueadores ya habrían robado todo lo que tuviera algún valor. No podía enfrentarse a las bandas organizadas que procedían del extranjero y tampoco deseaba hacerlo con las hordas de desheredados que las siguieron. Las primeras vinieron acompañadas de camiones y furgonetas con el material de asalto más avanzado y embalaron todo lo que sus clientes de Nueva York, Londres o Suiza les habían encargado. Las segundas se acercaron armadas con cuchillos y hachas para llenar sus bolsillos con despojos que vender a los traficantes locales. Ni las unas ni las otras le importaban. «Lo que he venido a recoger —pensó acariciando su grueso bigote— continuará en su sitio. Excepto para mi cliente, es algo que carece de importancia.» O eso creía.

Ahmed había nacido en Bagdad y sus primeros años de vida fueron más fáciles que los siguientes. Siendo un adolescente, su país entró en guerra contra Irán; a ese conflicto le siguió un embargo estadounidense por haber pretendido invadir Kuwait y, aunque todo pareció terminar con una operación a gran escala, Zorro del Desierto, solo consiguió arruinar y desmoralizar aún más a la ya deprimida población civil.

Para su familia resultó muy difícil alimentarse con regularidad en aquellos años. Ahmed aprendió a hacerlo por ellos acercándose al poder y obteniendo de él todo lo que necesitaba. Solo existían dos principios: carecer de moral y obedecer las órdenes. El problema llegó con las noticias de una inminente guerra contra Estados Unidos a principios de 2003. La forma de dominio que conocía iba a desaparecer y comenzó a buscar nuevos «protectores», que él llamaba «clientes». Los encontró fuera de sus fronteras, en los círculos universitarios de uno de los países que acabarían atacando al suyo: Inglaterra. Los nuevos clientes deseaban conseguir «piezas», el trabajo era fácil, solo tenía que hacérselas llegar.

El iraquí era un hombre moreno de piel tostada y rasgos duros. Tenía el pelo negro y la cara cruzada por un grueso bigote arqueado hacia abajo que le confería un perpetuo gesto de desconfianza. Rondaba la madurez, aunque su constitución delgada y una mirada oscura y penetrante le hacían poseer un halo de edad indeterminada. Había llevado una vida dura entrando y saliendo siempre por las puertas de atrás, acechando en las sombras para encontrar el momento adecuado de conseguir todo aquello que le pidieron sus viejos clientes, y ahora se le hacía muy fácil satisfacer los deseos de los nuevos.

Volvió a mirar hacia atrás para comprobar que estaba solo en el amplio descampado del museo mientras ajustaba su arma bajo la chilaba. «Posiblemente tendré que utilizarla», pensó. Cuando alcanzó la fachada del edificio comenzó a caminar con lentitud, pegando la espalda al muro de ladrillo, sin dejar de escrutar más allá de las últimas sombras. Estaba desprotegido y lo sabía; ante él se extendían los jardines que daban acceso al Museo de Arqueología y, hasta hacía bien poco, allí había tenido lugar una batalla en toda regla. Sus compatriotas iraquíes habían cavado trincheras para defenderse de los estadounidenses; alguna de ellas todavía podría contener inquilinos y no estaba de más andarse con cuidado. No sería extraño que algún soldado, de cualquiera de los dos bandos, intentara cortarle el paso.
Continuó su avance con sigilo, bordeando la fachada, hasta que alcanzó la entrada habitual de los empleados. Decidió refugiarse en la pequeña caseta que daba acceso al interior y aguardó. A excepción de las bombas que resonaban lejanas y del ruido de los aviones que surcaban el cielo negro, no logró distinguir ningún otro sonido. Tampoco oyó nada dentro del museo, ni percibió ninguna luz. Creyéndose seguro, y a solas, encendió su linterna y se dirigió hacia la sala de entrada.


No le sorprendió ver el desorden de las mesas volcadas ni el suelo tapizado de papeles, como tampoco el caos que distinguió en los despachos que iba dejando atrás a medida que se internaba en el edificio. Los saqueadores habían destrozado las puertas a hachazos abriendo en ellas boquetes del tamaño de un hombre. Se habían llevado los ordenadores y los objetos de valor que podían vender con facilidad en el mercado negro. Todo aquello que no les había sido útil estaba esparcido por el suelo o amontonado en los rincones. Incluso pudo distinguir un tenue olor a gasolina y vio alguna antorcha medio quemada que sirvió para iluminar el saqueo.



A medida que avanzaba por el entramado de pasillos, la oscuridad se tornó más densa y su linterna solo conseguía alumbrar el pequeño círculo que le precedía. Giró en una esquina y sus pasos le llevaron hasta la escalera que conducía hacia los almacenes del sótano, donde se guardaban las piezas que aún no habían sido catalogadas o aquellas que no cabían en las vitrinas de la exposición al público. Cuando estaba a punto de iniciar el descenso, Ahmed se detuvo alarmado. Creyó haber oído un leve chirrido. Recorrió con la linterna la escalera y su luz iluminó los escalones cubiertos de fichas de catalogación, de hojas de índices y de documentos oficiales arrojados sobre los peldaños y el pasamano. No vio a nadie. Sin embargo, su mirada se iluminó: tras el último peldaño, y al final de un corto pasillo, distinguió las enormes puertas de hierro acorazado que daban acceso al sótano. Esbozó un amago de sonrisa provocando que su espeso bigote negro le ocultara los labios. Tal y como suponía, las puertas habían sido forzadas. Solo tenía que cruzarlas y recoger lo que había venido a buscar.

Cuando traspasó el umbral se vio inmerso en una maraña de estanterías grises, algunas de ellas volcadas en cadena como fichas de dominó. Muy pocas conservaban aún las piezas alineadas en sus estantes. Las vasijas de barro, las estatuas y las ánforas de cinco mil quinientos años de antigüedad yacían esparcidas por el suelo en pedazos irreconocibles. Al andar crujían bajo sus pies los trozos de mármol y de cerámica sumeria que algún día adornaron los ricos palacios de reyes poderosos.

En Irak, en Sumeria, nació la civilización. Somos quienes somos gracias a ellos. Los sumerios nos enseñaron a contar el tiempo en fracciones de sesenta segundos por minuto y de sesenta minutos por hora; nos dieron las primeras leyes, el calendario, las matemáticas y la rueda. Y nos regalaron la escritura hace más de cinco mil años.
Ahmed tropezó con un pedazo de estatua especialmente grande y lo apartó sin miramientos hacia un lado. El torso humano, desprovisto de cabeza y con los brazos destrozados, fue a empotrarse contra una estantería que a punto estuvo de volcar. Un poco más lejos, otro tronco humano se apoyaba contra una pared, sin ojos para mirarle.

A petición de los coleccionistas europeos y americanos, los ladrones buscaron cabezas de estatuas con más de dos mil años de antigüedad. «Solo cabezas», les especificaron sus adinerados clientes. Así que fueron concienzudos en su trabajo estrellando las estatuas eficazmente contra el suelo para llevarse solo la parte que les interesaba.

El hombre continuó internándose entre la maraña de estanterías mientras las contaba con frialdad. A medida que se adentraba en su laberinto, le salían al paso, como fantasmas de otra época, restos de brazos marmóreos y piernas de piedra calcárea. Pero Ahmed estaba ciego ante el espectáculo de destrucción que invadía el sótano, deseaba una pieza en particular y esperaba que no estuviera rota, aunque fuese la única que quedara intacta en todo el almacén.

Cuando supuso que debía de estar muy cerca de la estantería que buscaba, extrajo una hoja de papel del bolsillo de su chilaba. La desdobló y apuntó el haz de la linterna sobre ella. Deseaba cerciorarse de que no se había equivocado. La parte superior del folio contenía un pequeño plano del entramado de estanterías de los almacenes y su parte inferior mostraba una impresión en color del objeto que le habían encargado. Se orientó en el plano e iluminó el camino que tenía por delante: era el segundo anaquel por la izquierda.

A falta de dos pasos para alcanzarlo, el sonido de pequeños trozos de cerámica golpeándose unos contra otros le alarmó. Se detuvo y apagó la linterna, aunque estaba seguro de que si había alguien más en el almacén le habría oído llegar. Aguardó en silencio conteniendo la respiración. También podría tratarse de alguna pila de objetos que se había desmoronado, allí todo se mantenía en un precario equilibrio. Pero no estaba seguro. Unos segundos después volvió a percibir un ruido similar al anterior. Le pareció que alguien revolvía entre los pedazos de cerámica. Comenzó a acercarse hacia el lugar de donde procedía el sonido. Muy despacio, tanteando los estantes con sus dedos. Avanzaba con pasos cortos, procurando no tropezarse con las piezas esparcidas por el suelo. A su izquierda, sus manos tocaron una pila de cajas de embalaje formando un sólido muro de más de dos metros. Creyó distinguir un tenue resplandor a través de sus rendijas. La bordeó despacio, sin hacer el más mínimo ruido y sin saber lo que podía encontrar al otro lado. Cuando la rebasó se topó con la figura de un joven encorvado sobre una vela a punto de apagarse.

El muchacho vestía una vieja sudadera de deporte que había conocido mejores tiempos y dueños más robustos que él. La ambarina luz de la vela marcaba sus pómulos huesudos confiriéndole un aspecto hambriento. Estaba revolviendo los restos caídos en el suelo y Ahmed le vio recoger un cuenco de barro. El chico evaluaba si aquella especie de tazón agrietado era lo suficientemente antiguo como para obtener algún beneficio por él. Quizá esa noche pudieran cenar en casa si encontraba algo valioso. Lo acercó a la luz vacilante de la vela y, al girarlo, un trozo se desprendió de la pieza y cayó entre sus dedos. Era un cuenco mediano, de barro cocido y apenas diez centímetros de altura. En su fondo se distinguía una forma similar a una figura humana dibujada con los trazos sencillos e inestables de un niño: un círculo para la cabeza y cuatro palitos, dos para representar las piernas y otros dos para los brazos. A su alrededor, como garabatos, la escritura ascendía en espiral hasta la base del cuenco. El muchacho no sabía si eran letras o simples adornos, no sabía leer, pero le gustaba el dibujo de la figura del fondo con sus brazos abiertos sosteniendo un escorpión y una serpiente.
Los ojos oscuros de Ahmed compitieron con la mortecina vela y parecieron desprender más luz que ella. Había reconocido el cuenco y estaba furioso porque se había roto en las manos del chico. Pensando en que sus clientes pagarían menos por él, encendió su linterna y la dirigió hacia el joven. El muchacho no se sorprendió, se había percatado de su presencia desde que entró en el sótano. Antes de hablar enfocó su vista hacia el suelo para no deslumbrarse.
—Aparta esa luz —le pidió al desconocido con una voz aguda que aún no era la de un hombre.
Ahmed encogió su muñeca y la luz recorrió la distancia que separaba la cara del joven del objeto que sujetaba en su mano derecha.
Ahora el chico podía ver al desconocido. Supuso que habría venido a robar lo que aún quedaba.
—Esta zona es mía —le indicó con desparpajo a Ahmed abarcando con un gesto de su delgado brazo todo lo que le rodeaba—, busca por allí si quieres.

El hombre ni siquiera miró en la dirección que le señalaba. Se había limitado a fijar el haz de su linterna en la mano que sujetaba el cuenco.
Ahora que disponía de mejor luz, al joven le pareció que la vasija de barro no era lo bastante vieja como para que tuviese algún valor y, además, estaba rota. Sin embargo, le gustaba el dibujo del fondo y la espiral de garabatos que ascendía hacia el borde. No sabía qué hacer. Se rascó la cara, como si la futura barba que algún día tuviera pudiese provocarle picor en sus mejillas suaves.
Ahmed dio un paso hacia delante. El otro le vio.

—Te he dicho que busques por allí —le contestó irritado, y volvió a señalar hacia su derecha.
Después decidió que nadie compraría el cuenco y arqueó el brazo hacia atrás para deshacerse de él lanzándolo lo más lejos posible.
—¡Dámelo! —le ordenó Ahmed.

El joven se detuvo y observó por primera vez la cara del desconocido. Fue acercando muy despacio la vasija a su cuerpo mientras volvía a mirar al hombre. Luego dirigió la vista hacia su cuenco y entonces se percató de que la luz de la linterna enfocaba la pieza de barro. No se apartaba de ella. La balanceó delante de su cara y Ahmed no dejaba de iluminarla. El muchacho pareció darse cuenta de pronto de que aquel hombre vestía mejor que él. Su chilaba se veía bien planchada y sus zapatos estaban nuevos. No era un ladrón vulgar. Frunció el ceño y pensó que si el extraño deseaba esa pieza y no otra de las que tenía alrededor era porque esa tenía valor.

—Yo la encontré primero —respondió con la intención de negociar.
—Dámela —le ordenó de nuevo Ahmed.
Su voz cortaba el aire.
El muchacho hizo ademán de guardarla en una mochila raída que tenía al lado, pero lo pensó mejor.
—¿Cuánto me das por ella? Estoy dispuesto a venderla —ofreció con una voz casi infantil—. Me da igual hacerlo aquí que en el mercado —le aclaró.
Ahmed no apartaba los ojos de los signos grabados en el interior del cuenco, ni de la figura dibujada en su fondo. Era ese, estaba seguro, era el mismo de la fotografía: se trataba del cuenco de encantamientos mandeo que le habían enviado a buscar.
Como el hombre no respondió, le hizo una primera oferta.
—¿Cincuenta dólares? —Ante el silencio decidió bajar el precio—. ¿Treinta?
Ahmed comenzaba a impacientarse. Le esperaban en el aeropuerto para sacar la pieza del país.
—Tengo prisa. Dámela —fue la única respuesta que obtuvo.

Comprendió que no habría trato, así que se incorporó y recogió su gastada mochila. La vela que había traído exhaló sus penúltimos brillos de luz dejando caer al suelo una pequeña lágrima de cera. Ahmed apartó uno de los laterales de su chilaba y sacó el arma de la cartuchera. Cuando el chico levantó la vista se encontró con la boca de un revólver apuntando a su pecho. No era la primera vez que le ocurría en su corta vida, pero el hambre es capaz de hacer retroceder al miedo; en lugar de ofrecer el cuenco al desconocido, lo acercó aún más hacia sí. El hombre no vaciló, levantó unos centímetros la boca de su arma para no destrozar la pieza y disparó. Un solo tiro. Certero. En la frente. El joven cayó hacia atrás con los ojos muy abiertos sujetando con fuerza el cuenco junto a su pecho.

A pocos metros de allí, un hombre dio un respingo y se tapó la boca sobresaltado. Lo había visto todo. El sacerdote mandeo Basaam Jabar había observado al chico desde que llegó. Le vio ir de un lado a otro y refugiarse tras unas grandes cajas de cartón mientras buscaba alguna pieza valiosa. El corazón le dio un vuelco cuando reconoció lo que había encontrado entre un montón de escombros de cerámica. «¡Aún está aquí!», se sorprendió. Era demasiada suerte. Basaam decidió esperar para ver qué hacía el joven con la vasija. Se encontraba oculto entre la relativa seguridad de las sombras de unas estanterías volcadas y, desde su escondite, esperó pacientemente el momento. Jamás se le habría pasado por la cabeza arrebatarle el cuenco, un mandeo no roba, pero habría esperado que se deshiciera de él por inútil y, en última instancia, lo habría comprado. «¿Cuánto pedía? ¿Cincuenta dólares? Demasiado barato —pensó el sacerdote—. Nosotros habríamos pagado una fortuna», aunque sabía que el conjuro que encerraba ese pequeño cuenco no tenía precio, era impagable. Sin embargo, el momento que esperaba nunca llegó. En su lugar apareció el iraquí Ahmed Sadoun.

Ahmed guardó su arma y se inclinó. Separó uno a uno los dedos que sujetaban con fuerza la vasija y la tomó casi con reverencia. Había temor en su mirada cuando la levantó. Sabía que la magia mandea era muy poderosa. No en vano Sadam había intentado acabar con ellos convirtiéndolos al islam, o simplemente acabar con ellos, y no había podido. En verdad, los temía, le provocaban el mismo miedo que él estaba sintiendo ahora al tener el pequeño cuenco entre sus manos. Había algo hipnótico en aquellos signos incomprensibles que ascendían en espiral, y la vista no podía separarse de la figura escuálida que le miraba desde el fondo sujetando un escorpión y una serpiente. Apartó con dificultad los ojos de la vasija, como si una sola mirada fuera capaz de embrujarle. Ahmed era una bestia sin escrúpulos que, sin embargo, se inclinaba ante lo sobrenatural, y aquel cuenco conjuraba en su mente los temores atávicos de su educación. Envolvió la vasija de dos mil años de antigüedad junto al pedazo que se había desprendido en unos trapos que encontró y la ocultó bajo su chilaba. Podía sentir el extraño calor que emanaba. En un acto instintivo la separó de su pecho. Después iluminó el pasillo y se dirigió hacia las puertas acorazadas. No se percató de unos dedos que estuvieron a punto de rozar su hombro.

Entre las sombras, el sacerdote mandeo vio cómo el asesino pasaba a su lado. Alzó un brazo, pero nunca hubiera podido detenerlo: si un mandeo no era rival para un ladrón, mucho menos lo era para un asesino. Su brazo se mantuvo en esa postura, extendido, en el simple gesto de rozar la chilaba del hombre y con él, de conseguir el tercer cuenco que ahora cruzaba las puertas acorazadas del almacén para perderse en un mundo que no sabría invocar su magia. ¿O sí?

Cuando Ahmed dejó atrás los muros del museo, la ciudad continuaba sin ley y sin orden y, como había podido comprobar, también se estaba quedando sin historia. Él escondía una parte muy molesta entre los pliegues de su chilaba. Miró el reloj de pulsera. Era tarde. El avión que le sacaría de Irak no iba a esperarle eternamente. Sacudió la suciedad pegada a su ropa y apretó el paso. Los bajos de la chilaba imprimían estelas en el suelo con el polvo milenario del museo.

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